La obsolescencia parece estar a la orden del día. Cada vez cambiamos antes de móvil, tablet, ordenador, robot de cocina o cualquier otro electrodoméstico. Es tan común oír la frase “por lo que me cuesta el arreglo, me compro uno nuevo”, que nos hemos acostumbrado, quizás demasiado, a la sustitución de este tipo de productos tecnológicos, sin revisión ni oportunidad de repararlos y evitar una producción tan en masa o su sustitución por otros nuevos.
Así funciona la obsolescencia programada de los productos. Esto es, la estrategia de determinadas compañías por la que establecen el final de la vida útil del producto desde su propio momento de fabricación. Porque si se comercializa un dispositivo que dure para siempre o muchos años, la rentabilidad sería menor o incluso nula. Por eso, programar la vida y la muerte es una táctica comercial que siempre sale rentable y que potencia el consumo.
En la actualidad, la dinámica común es que cada vez más productos tecnológicos acaban en la basura o vertedero a causa de dicha obsolescencia, especialmente los teléfonos móviles. Así, España es uno de los países con menor ciclo de vida de los teléfonos inteligentes. La esperanza o vida útil de un móvil en nuestro país es de menos de dos años (un año y ocho meses aproximadamente), según Kantar.
Además, los expertos calcularon que más de 5.000 millones de smartphones acabaron en la basura el año pasado, una cifra alarmante que además supone un gran peligro para nuestro entorno por la gran cantidad de materiales peligrosos de los que están compuestos y que acaban afectando al medio ambiente. Los elementos que componen el microprocesador y las baterías son altamente tóxicos y estos forman gran parte de los materiales que acaban en los vertederos.
Ante esta situación, cabe preguntarnos si realmente podemos hacer frente a la obsolescencia prematura. A pesar de las estadísticas de los últimos meses, de la práctica cada vez más común de renovar dispositivos móviles cada año y medio o dos, la sociedad tiene que sentirse empoderada en este aspecto y saber que sí podemos hacer frente a la obsolescencia digital, sí podemos reducir el impacto y la huella ambiental de nuestras acciones, especialmente de la fabricación en masa de nuevos productos.
Ahora bien, ¿cómo lo hacemos? Esta es una cuestión decisiva. La implicación de las Administraciones Públicas de ámbito nacional e internacional es crucial en este sentido. De este modo, Europa destaca en reciclaje de productos electrónicos: en la actualidad, entre el 50 y 55% de la basura electrónica se recicla, lo que ha dado como resultado altas tasas de recogida de desechos electrónicos en el continente europeo.
También son beneficiosas medidas de homogeneización de elementos de carga. Por ejemplo, el Parlamento Europeo aprobó en octubre del año pasado una nueva ley. A través de esta normativa, a partir de finales de 2024 se estandariza el cargador para los teléfonos inteligentes, tabletas y cámaras, una medida que supondrá un ahorro de aproximadamente 200 millones de euros y una reducción de más de 1.000 toneladas de desechos que se generan cada año en la Unión Europea. A pesar de esto, es importante continuar reivindicando una mejora del proceso de reciclaje correcto en Europa.
Restablecer móviles de alta gama también es una opción interesante para dar una segunda, e incluso una tercera oportunidad a este tipo de productos. Los móviles obsoletos no tienen por qué acabar en el vertedero, si no que pueden seguir trabajando hasta 4 o incluso 5 años, y funcionar perfectamente. Igualmente ocurre con los terminales seminuevos, smartphones poco usados que se quedan en su caja original, al fondo del cajón, y que no se utilizan nunca más, ni se reparan. No obstante, todo se puede reacondicionar: productos electrónicos y pequeños y grandes electrodomésticos.
En este sentido también es importante asegurarnos que, en el caso de apostar por su reacondicionamiento, los técnicos y expertos verifiquen su funcionalidad al 100%, con todas las garantías de un teléfono nuevo.
En definitiva, nuestra forma de consumo influye de forma directa en la cantidad total de elementos y desperdicios que se recogen de forma anual y que impactan directamente en nuestro entorno. Así pues, con nuestras acciones diarias podemos potenciar el aumento de alternativas eco-responsables, reduciendo la producción de nuevos dispositivos electrónicos, apostando por la eficacia de la regla de las cuatro erres: reducir, reutilizar, reciclar y reacondicionar.
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