La oficina flexible se consolida como una solución estructural para empresas y profesionales, con una demanda cada vez más diversa, mayor colaboración entre propietarios y operadores y una apuesta creciente por la calidad, la tecnología y la sostenibilidad. El reto ya no es crecer a cualquier precio, sino construir modelos de negocio sólidos capaces de responder a nuevas formas de trabajar.
El coworking ha dejado atrás la etapa en la que se identificaba casi exclusivamente con profesionales autónomos, emprendedores y espacios compartidos. Hoy forma parte de las decisiones inmobiliarias de empresas de distintos tamaños y responde a necesidades que van desde disponer de un puesto de trabajo hasta desplegar equipos completos en una ciudad sin asumir todas las obligaciones y costes de una oficina convencional.
Este cambio refleja la madurez de un sector que ha sabido evolucionar con los tiempos y que ha ampliado su propuesta de valor. La flexibilidad sigue siendo su principal seña de identidad, pero ya no basta por sí sola para diferenciarse. Hoy, la ubicación, la calidad de los espacios, la privacidad, los servicios y la capacidad de gestionar el día a día con garantías son factores cada vez más determinantes.
Según un estudio reciente elaborado por la ACW en colaboración con JLL solo en Madrid y Barcelona habría unos 623.000 metros cuadrados de superficie flexible, y se estima que durante el año en curso la facturación se situará en un 15,8% por encima del 2025. Si bien es cierto que puede haber ciertas diferencias por ciudades -mientras en Madrid ha crecido la ocupación en el último año, en Barcelona se ha reducido ligeramente-, la realidad que esto nos muestra es que las diferencias son una de las claves del futuro del sector. Y es que, la expansión geográfica constituye otra de las tendencias relevantes. Ahora ciudades como Málaga, Valencia, Sevilla, Alicante y Palma registran actividad y oportunidades de crecimiento, y cada una de ellas presenta características propias. Está claro que no existe una única realidad del coworking, sino mercados con ritmos de absorción y condiciones competitivas diferentes.
De los puestos compartidos a las soluciones corporativas
Una de las transformaciones más relevantes que está experimentando el sector de la oficina flexible es la diversificación de la demanda. El coworking deja de ser una alternativa individual a trabajar desde casa para convertirse, por derecho, en una herramienta de gestión empresarial. El trabajo híbrido es el factor que parece además evidente en esta evolución. La oficina ya no tiene por qué ser un lugar al que acudir todos los días para realizar tareas individuales, sino más bien un entorno para colaborar, celebrar reuniones, compartir conocimiento y reforzar los vínculos entre profesionales. Los espacios flexibles pueden dar respuesta a esa combinación de necesidades, siempre que ofrezcan entornos adecuados para cada actividad.
Y, si bien autónomos, emprendedores y pequeñas empresas siguen siendo parte esencial del ecosistema, ahora las compañías de mayor tamaño también se están están incorporando como clientes de estos espacios. Algunas de manera temporal por un cambio de sede a otra ciudad, otras para reuniones de equipo o, sencillamente, para adaptar su huella inmobiliaria a una organización del trabajo cambiante. Estas empresas, sobre todo ellas, buscan espacios propios y confidenciales, pero también valoran disponer de salas de reuniones, zonas comunes y servicios compartidos. Y es algo que ya estamos percibiendo los operadores. Según el mismo informe, las oficinas privadas representan el 54 % de la superficie analizada y generan hasta el 75 % de los ingresos de los grandes operadores. No se trata, en cualquier caso, de sustituir los espacios abiertos por oficinas cerradas, sino de combinar ambos modelos para ofrecer soluciones más adaptables.
Una nueva relación entre propietarios y operadores
En todo este proceso de evolución la relación entre propietarios y operadores profesionales adquiere una importancia cada vez mayor. Tradicionalmente, el debate se ha centrado en quién ocupa el inmueble y bajo qué condiciones. Sin embargo, la oficina flexible introduce una dimensión adicional: quién diseña, comercializa y gestiona el servicio que se presta dentro del edificio. La propiedad del activo y la explotación del negocio son actividades distintas, aunque su colaboración pueda determinar el éxito del proyecto.
En este contexto, los acuerdos de gestión representan una oportunidad para ambas partes. El propietario puede apoyarse en el conocimiento comercial y operativo de un especialista, mientras que el operador puede desarrollar su actividad sin tener que asumir necesariamente el arrendamiento tradicional del inmueble. Para que esta fórmula funcione, es imprescindible definir con claridad las inversiones, las responsabilidades y los incentivos.
La tendencia también abre nuevas posibilidades para edificios de oficinas infrautilizados. La rehabilitación y la gestión profesional pueden devolver atractivo a determinados activos, pero no existe una solución universal. La ubicación, las características técnicas, la normativa y la viabilidad económica condicionan cada proyecto. Incorporar una oferta de coworking no genera demanda automáticamente: es necesario que el inmueble responda a necesidades reales de empresas y profesionales.
Algo similar sucede con los servicios adicionales. La recepción, la gestión de visitantes, las salas de reuniones y la resolución de incidencias forman parte de una experiencia integral. La flexibilidad no consiste únicamente en poder cambiar de puesto o de oficina, sino en contar con un proveedor capaz de adaptarse a las necesidades del usuario sin trasladarle la complejidad de gestionar un espacio de trabajo.
Desde la Asociación Española de Coworking defendemos que el futuro del sector pasa por consolidar la oficina flexible como una opción estructural dentro del mercado inmobiliario, complementaria a otras fórmulas y válida para empresas de distintos tamaños. De cara a 2027, cabe esperar que las empresas continúen explorando fórmulas flexibles, pero el verdadero indicador de progreso no será únicamente cuántos metros cuadrados añadimos a la oferta, sino cuántos proyectos conseguimos mantener en el tiempo, con clientes satisfechos, operaciones eficientes y relaciones equilibradas entre propietarios y operadores. El siguiente capítulo del coworking no consiste simplemente en ofrecer más flexibilidad, sino en convertirla en una propuesta de valor sostenible, profesional y duradera.
Por Eduardo Salsamendi, presidente de ACW
Lucía es periodista especializada en comunicación digital, redacción de contenidos, SEO y redes sociales. Graduada en Periodismo por la Universidad Francisco de Vitoria.







