Durante años, el valor de una vivienda se ha asociado principalmente a factores como la ubicación, la superficie, la distribución o la calidad de los acabados. Sin embargo, la eficiencia energética está adquiriendo un peso creciente y previsiblemente será cada vez más determinante en las decisiones de compra, construcción y rehabilitación de inmuebles.
Este cambio responde tanto a una mayor atención al consumo energético y al confort como a las nuevas exigencias regulatorias europeas. La eficiencia energética está dejando de ser una cuestión vinculada exclusivamente al ahorro en la factura o al impacto medioambiental para convertirse en un aspecto fundamental de la calidad de una vivienda y de su comportamiento a largo plazo.
La Directiva europea de Eficiencia Energética de los Edificios (EPBD), aprobada en 2024, acelera esta transformación. La Directiva (UE) 2024/1275 establece que los Estados miembros deberán reducir el consumo medio de energía primaria del parque residencial al menos un 16% en 2030 y entre un 20% y un 22% en 2035, tomando como referencia los niveles de 2020. Además, al menos el 55% de la reducción prevista para 2030 deberá proceder de la renovación de los edificios residenciales con peor comportamiento energético.
Estos objetivos sitúan la rehabilitación y la mejora de las prestaciones de los edificios existentes en el centro de los próximos años. El reto es especialmente relevante en España, donde una parte importante del parque inmobiliario todavía presenta un rendimiento energético bajo.
Según el informe del IDAE y el Ministerio para la Transición Ecológica sobre certificación energética de los edificios, con datos acumulados hasta diciembre de 2022, más del 80% de los certificados de edificios existentes se situaban en las letras E, F o G. El contraste con la vivienda nueva es significativo: de los 144.761 certificados acumulados analizados en el informe, más del 80% correspondían a las categorías A, B o C, mientras que las calificaciones F y G apenas representaban el 1,6%.
Esta diferencia evidencia la distancia entre buena parte del parque inmobiliario existente y los estándares energéticos de las nuevas construcciones. También anticipa un cambio en la manera de evaluar los inmuebles. Aunque el valor de una vivienda depende de múltiples variables y su calificación energética no determina por sí sola el precio, la capacidad de ofrecer confort con un menor consumo puede convertirse progresivamente en una ventaja.
Una vivienda que necesita menos energía para calentarse en invierno o refrigerarse en verano no solo permite reducir los costes de uso, sino que también puede ofrecer mejores condiciones de habitabilidad. Por ello, la eficiencia energética irá ganando relevancia junto a los factores tradicionales que intervienen en la valoración de un inmueble.
La eficiencia empieza en el diseño arquitectónico
Para mejorar el comportamiento energético de una vivienda, no basta con instalar sistemas de climatización más eficientes. Una parte fundamental del resultado se decide en el diseño arquitectónico, a través de elementos como la orientación, el aislamiento, la ventilación cruzada, la protección solar, la inercia térmica y la elección de los materiales.
Estas decisiones condicionan las necesidades energéticas del edificio durante décadas. Una orientación adecuada permite aprovechar la radiación solar en invierno, mientras que una correcta protección solar ayuda a limitar el sobrecalentamiento durante los meses cálidos. Del mismo modo, un buen aislamiento y una ventilación bien planteada contribuyen a mantener una temperatura interior confortable y a reducir la dependencia de los sistemas mecánicos.
La arquitectura debe resolver buena parte de estas necesidades desde el origen, antes de recurrir a instalaciones que compensen las deficiencias del edificio. Cuanto menor sea la energía necesaria para alcanzar unas condiciones adecuadas de confort, menor será también el consumo asociado al uso cotidiano de la vivienda.
Este enfoque resulta especialmente importante ante el reto de renovar los edificios existentes. La mejora de su eficiencia requiere analizar las características de cada inmueble y determinar qué intervenciones pueden reducir su demanda energética, desde actuaciones sobre la envolvente y los cerramientos hasta mejoras en los sistemas de climatización y ventilación.
La nueva regulación europea plantea, por tanto, una transformación que va más allá del cumplimiento normativo. La sostenibilidad de un edificio comienza en su diseño, en su orientación y relación con el entorno, así como en los materiales y sistemas empleados. El objetivo es conseguir viviendas que necesiten menos recursos durante toda su vida útil y que, al mismo tiempo, proporcionen mejores condiciones de habitabilidad. De cara a 2030, la eficiencia energética tendrá un papel cada vez más importante en la evolución del sector inmobiliario. La reducción del consumo, la rehabilitación del parque existente y la mejora del confort serán algunos de los grandes desafíos de los próximos años. En este contexto, diseñar y construir viviendas capaces de responder a estas exigencias no solo será una cuestión de responsabilidad ambiental, sino también un factor cada vez más relevante para su atractivo y su valor a largo plazo.
Por Javier de Montero, arquitecto director del estudio de arquitectura, interiorismo y paisajismo ÁBATON
Lucía es periodista especializada en comunicación digital, redacción de contenidos, SEO y redes sociales. Graduada en Periodismo por la Universidad Francisco de Vitoria.







