Durante décadas, el sector inmobiliario y el de hospitality han funcionado como dos mundos paralelos. El primero, enfocado en la residencia habitual: sin servicios, sin interés por los amenities de zonas comunes y con un concepto de larga duración. El segundo, centrado en la estancia temporal, la experiencia, el servicio y los amenities compartidos. Cada uno con sus propias reglas, métricas, públicos e incluso canales de venta. Para la residencia teníamos agencias inmobiliarias o webs muy concretas como Idealista, Fotocasa, etc., mientras que para el turismo existían las agencias de viaje y plataformas como Booking o Expedia.
Pero este modelo está cambiando. En los últimos años, especialmente tras la pandemia, ha empezado a surgir un nuevo modelo híbrido que difumina las fronteras entre vivir y alojarse.
Hoy existen activos turísticos que se acercan a la larga estancia, mientras que los colivings o residenciales abrazan el corto plazo, la flexibilidad y la importancia del servicio. En medio, aparece un nuevo usuario que no responde a los modelos tradicionales: no viaja ni reside, sino que habita con flexibilidad.
Este cambio, como casi siempre, viene impulsado por la demanda. Ya no hablamos únicamente de turistas o residentes, sino de un nuevo perfil: personas que se mueven por proyectos, transiciones vitales, formación, teletrabajo o incluso para probar nuevas ciudades antes de dar un paso hacia un cambio de vida más estable. Este nuevo usuario quiere sentirse cómodo y, a la vez, libre. Busca servicios, comunidad, diseño y flexibilidad. Estos patrones obligan a repensar por completo el modelo de alojamiento.
Hoy, la demanda va por delante de la regulación. Como sucede en muchas ocasiones, esta obliga a nuevas formas que, a su vez, deben llevar a una adaptación normativa.
Lo que sí está claro es que seguirá habiendo necesidades habitacionales tradicionales: perfiles que requieren largas estancias sin servicio, y que están perfectamente reguladas. Pero también han surgido nuevas necesidades.
Frente a este escenario, muchos activos con licencia turística o terciaria están transformando su propuesta. Y no se trata solo de ofrecer habitaciones bonitas y a buen precio, sino de diseñar experiencias más prolongadas y funcionales. Por eso, cada vez es más común ver suites con cocina integrada, zonas de coworking o espacios destinados a fomentar la interacción: una serie de servicios pensados para quienes optan por alojarse más de una semana.
El living está mutando. Muchos de los colivings ahora se agrupan bajo el concepto de Flex Living, una evolución natural que se está implantando en las grandes ciudades españolas, replicando un patrón que ya se da en otras ciudades europeas. Estos espacios, orientados a estancias más largas, también han empezado a abrirse al corto plazo. Esto responde a una realidad clara: hay un público que valora la estética cuidada, el ambiente social y el confort doméstico de estos espacios, aunque los necesite solo por unos días. El residencial ya no se plantea para cinco años, sino cada vez más a corto plazo. En este caso, la comunidad es un aspecto muy relevante para los residentes.
El sector turístico y el living empiezan a compartir ADN. Hay clientes que visitan periódicamente una misma ciudad por trabajo u ocio y cambian un activo turístico por uno de living. Y también hay un cliente residencial que quiere servicios que no encuentra en el modelo convencional, y busca una alternativa más cercana a lo turístico.
Todo esto responde a un cambio en el estilo de vida. Los antiguos aparthoteles ya no son lo que eran. Ahora, bajo nombres como serviced apartments o branded residences, ofrecen un producto muy diferenciado en calidad, experiencia y servicio.
De esta evolución surge el Flex Living, el modelo de uso mixto de corta y media estancia, donde en un mismo edificio confluyen varios mundos.
Integrar estancias cortas en modelos pensados para la larga duración es, sin duda, un reto operativo, pero también una gran oportunidad. Permite mejorar la ocupación en periodos valle, captar nuevos perfiles de clientes y generar nuevas experiencias de marca. Lo que une a quienes eligen este tipo de espacios no es tanto cuánto tiempo se quedan, sino cómo quieren sentirse mientras están.
En esta convergencia, la tecnología juega un papel clave. Las plataformas de reserva ya no hacen distinciones tan marcadas entre tipos de alojamiento. En Airbnb, Booking o Google Travel es habitual filtrar por duración de estancia, tipo de servicios o estilo del espacio, más que por categorías como hotel, apartamento o residencia. Esto obliga a los operadores a ofrecer soluciones más versátiles, adaptadas a cómo busca el usuario, y no tanto a cómo se clasifica su producto.
Todo esto conduce a una tendencia clara: el auge de los modelos híbridos. Aquellos que combinan lo mejor del mundo residencial y lo mejor del hotelero. Este enfoque es más rentable, más resiliente y permite adaptarse mejor a las oscilaciones del mercado. Aprovecha al máximo los metros cuadrados y construye experiencias de cliente más coherentes.
Este cambio de paradigma no va solo de producto, sino de actitud. De la capacidad que tengan los operadores para escuchar lo que está pasando fuera, leer el pulso social y construir desde ahí. Una mentalidad más líquida, centrada en las personas y menos en las definiciones rígidas. En el futuro, la clave estará en ofrecer experiencias más coherentes y adaptarse sin perder identidad.
Primero vimos y detectamos la demanda. Luego, cómo los canales de venta turísticos se acercaban a los residenciales y viceversa. Y ahora vemos cómo los inversores y bancos empiezan a entender lo que es un modelo diferente como el Flex Living o el Senior Living.
Carlos Escoda, CEO de SmartRental Group
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